DECADENCIA DE LA INDUSTRIA DEL CINE: UNA HISTORIA CONTADA

27 noviembre, 2023

En la década que pegó a la industria y la magia del cine en el país y de paso en nuestro querido Cuauhtémoc, dejó historias de vida. Hoy, compartimos, -con el permiso de autor-, divulgada por nuestro querido amigo Nicolás Flores

“Transcurría el año de 1985 en México y para nuestra desgracia, desgracia de los cinéfilos, se desplomó la industria, especialmente la empresa COTSA (Compañía Operadora de teatros).
Yo estaba apenas en segundo de secundaria y todo se cimbró en mi hogar; en mi familia.
Ante el suceso nada sería igual, incluso la salud de mi madre se pandeo, el stress por conseguir un nuevo empleo y los hijos entrando a la juventud, tantas cosas, luego terminarían en una condición fatal en ella.
Esa fuente de empleo donde mi bella madre laboró desde jovencita, fue un golpe seco tras paros, huelgas y el cierre definitivo que se dio en varias plazas a nivel nacional.
Mi madre Irma Alicia, luego de terminar su formación académica técnica, ingresó a los Cines Teatros más importantes de México, lo hizo con el amor que le tuvo siempre a su trabajo en la Ciudad de Cuauhtémoc, desde finales de los sesentas. Trabajar en el Cine fue su pasión.
Se entregó por completo. No faltó un solo día, no tuvo vacaciones; de la atractiva dulcería pasaría a la boletería y ahí hizo su mejor papel. Se hizo amiga del usuario regular y parte de la familia del permanente, y pronto fue reconocida por toda la ciudad.
Entre los setentas y ochentas, ¿quién no fue al Cine Plaza en Cuauhtémoc?, ubicado frente a la plaza principal en calle Allende entre la calle segunda y Agustín Melgar.
El gran esfuerzo de mi amada madre que alternó con el de mi padre, les llevó a cambiarnos de hogar, hasta la avenida Leona Vicario 2152.
Eso Ocurrió a finales de los setentas. Ahí entran los hechos maravillosos, lo que más amé, lo que más recuerdo lo que más recurrente había sido en mi vida. Ir por mi madre a su trabajo.
Yo tenía apenas siete años y de su mano fui por primera vez a aquel gigante edificio, la esperaba desesperado, algunas horas frente a su silla giratoria, donde vendía los boletos, un espacio en el que ella metía los pies, y de donde a los costados se podían observar rollos de boletos en constante movimiento.
Meses después a la primera visita, mi energía me obligó a salir al frente de la taquilla del cine para jugar en todo ese maravilloso sector que estaba formado por elegantes piezas de piedra negra con tres escalinatas, dos a los costados del frente del cine y uno más amplio rumbo al ingreso del monumento al séptimo arte en la ciudad.
Ahí me caí en repetidas ocasiones, incluso de cabeza llegué azotar el suelo. La espera valía la pena, mi madre me mandaría a comprar flautas (tacos dorados rellenos de carne) para ambos.
Sus compañeros en ocasiones bromeaban, gente de limpieza lo recuerdo, que me encargaban decirle a la dueña de la lonchería “que las tortillas estaban duras”… Y yo cumplía, ese negocio, curiosamente, sí continua trabajando justo a 50 metros de la entrada del cine.
Pasaron los años, dejé de correr y saltar, resbalarme a la espera de la salida de mi madre, ella entraba a sus labores pasadas las 3 de la tarde y salía a las 10 de la noche.
Yo mientras tanto, exploraba la plaza principal, aquellos verdes follajes, y altos pinos, en ese trazo de todas las esquinas con sus caminos hacia el bello quiosco orgullo de la región y me desplazaba dos cuadras abajo hacia el restaurant del compañero de trabajo de mi madre, el hombre que siempre recogió los boletos a la entrada.
Era espectacular, realmente maravilloso, desde la espera para solicitar el servicio, hasta la entrega. Era una aventura ir por media orden, incluso un cuarto de frijolitos fritos y un bolillo partido a la mitad.
Las salidas de la casa para estar con mi madre la sonriente Irma Alicia, fueron diarias, todas las semanas, todos los meses, y se convertiría en acudir de todos los años, hasta que el trabajo terminó.
Pasadas las seis de la tarde, con o sin consentimiento de mi amada abuelita, me iba por mi madre, al final a ella no le quedaba más que decir, “que Dios te guíe hijito”-, la bendición y si había dinero, pues uno o dos pesos me acompañaban. Caminaba tres kilómetros de distancia de la casa al cine.
Pasaba por esos caminos locos, incluso buscando mis huellas de días anteriores, para llegar al coloso del entretenimiento. Desde esa edad a la fecha, el cine es lo mío.
Mi madre me mandó del pequeño espacio circular (la taquilla) y de la sala de espera, directamente a adentro, a disfrutar de las películas, en las butacas de inicio y las laterales. Esas eran las instrucciones, no ir mas adentro ni más abajo.
Lo vi casi todo, cine español, el americano, el italiano, las producciones mexicanas, todo lo que fue sensación mundial ahí estaba pasando por mi cabeza, a excepción, del cine de medianoche y la picardía.
Cuando por alguna ocasión la trama me envolvía, mi madre me gritaba, ¡Niquitoooo¡, sus grandes chinos y su fuerte figura en la sombra, asomaban aquella silueta del amor de mi vida.
En ocasiones si la economía era robusta, tomábamos taxi, otras veces, alguna amiga de mi madre nos ofrecía aventón. Pero en el 98 por ciento del regreso a casa fue caminando.
Ahí encontré a mi madre que estaba ausente la mayor parte del día, por cada regaño existieron mil muestras de amor y cariño. Sus relatos eran cortos, pero mis… ¿por qués?, siempre la hicieron soltar su lengua y hablarme de todo.
Mis aventuras sobrepasaron las 2 mil ocasiones, en esa labor de ir por mi madre a su trabajo. Todas esas caminatas no llenan ese impresionante vacío que a la fecha me dejó y nos dejó a mí, a su querido esposo, a su familia, pero sobre todo a César el más pequeño, a Jorge y a la princesa Irma Concepción.
Mujer de familia, de puertas abiertas, divertida, gran madre, amiga, esposa, trabajadora, fuerte, buena hija, buena hermana. Mi madre murió de cáncer en marzo de 1998”.

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